que llegan los bárbaros



Decumanus Maximus abajo, se oye un estruendo. Un comerciante corre con las manos en la cabeza, dejando su tienda desbaratada por el populacho. Todos se cruzan de lado a lado, justo arriba se posiciona en lo alto de la ciudad el general dispuesto a defender la ciudad a toda costa. Manda a sus soldados a ocupar las murallas, sin dejar pasar una sola flecha. Éstas vuelan por todos lados y en todas direcciones, los invasores han logrado pasar el puente, e intentan derribar la puerta. Pronto se reciben refuerzos, empujando los cuerpos de los ya fallecidos heroicos soldados, ocupan su lugar.

El desánimo empieza a calar al ver caer el gran portón defensor, un joven soldado comienza a correr mirando hacia atrás con cara de terror. Al tropezar con una simple naranja, cae estrepitosamente al suelo quedando a merced de la flecha clavada en su frente. Ahora con los ojos abiertos y la boca queriendo decir sus últimas palabras, mira hacia el cielo. El orgullo del imperio nunca les permitió mirar a otro sitio que no fuese hacia arriba, dejándolos ahora sorprendidos por la fuerza de un enemigo infravalorado. Un imperio como fue el romano, durante siglos intocable, no podía caer de otra forma. No hay fuerza infinita, y ese fue uno de sus errores. Creer en la perpetuidad.

1 comentarios:

La Camarera 10 de agosto de 2009, 11:33  

Bonita reflexión. Ojalá nuestros llamados "dirigentes" pensaran como el abuelo y no se centrasen en ganar guerras sino en defender la Paz.
Por otro lado, qué entrañable es siempre descubrir todo lo que nos pueden enseñar nuestros abuelos. Pero, cada vez que pienso en el tiempo que dejo de pasar con ellos, estar tan lejos me produce nostalgia y vértigo.
Un besote.

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